Y allí estuvo Ariel
Jueves 16 noviembre 2006
Los pacos no querìan perderse, cobardones como siempre, ver a Ariel otra vez entre nosotros. Por eso el mièrcoles cuando nos juntamos con su madre y su hijo (su fotocopia) en el lugar donde fue ejecutado por orden de la Concertaciòn, aparecieron en motos y "a pata" para husmear y chivatear qué ocurría en esa plaza donde las hojas de los árboles prolongan el aroma combatiente del "Guille".
Y quisieron meter bulla para que no oyeramos la voz de Ariel en nuestras bocas. No lo consiguieron. Igual pudimos oír la vida de Ariel, el respiro rebelde, su vozarrón puteando al enemigo a punta de balazos.
Y a su madre màs entera, dicéndonos que "de tener unos brazos gigantes nos abrazarìa a todos y cada uno de nosostros", que somos tambièn sus hijos. Entonces quise responderle: No necesitas unos brazos gigantes, siempre puedes abrazarnos a todos y cada uno de nosotros.
Y allí seguían los bicharracos. Querían ensuciar la fragancia de lucha con que Ariel y los otros tantos nos empapan. Querìan apagar la luz de vida que Ariel y los otros tantos destellan sonrientes y a mano armada.
Llegaron allí por miedo, asustados. Porque Ariel como los otros tantos que entre nosotros sobreviven la muerte corporal, sigue siendo un peligro.
Ese es el mejor sìntoma de que Ariel y los otros tantos siguen vivos. Luchando como entregaron sus vidas simples.
Y allí estuvo Ariel, sonriendo, combatiente.
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